UN PARALÍMPICO DISEÑA SUS PROPIAS PRÓTESIS PARA COMPETIR

Alejandro Marín decidió desafiar los límites que, en teoría, le había impuesto su cuerpo tras el accidente y el deporte fue el catalizador del cambio, tanto físico como mental. Hoy Alejandro es otro. Derrocha vitalidad, contagia su energía al hablar, compite en atletismo y snowboard paralímpico y se fabrica sus propias prótesis.

Tenía 14 años cuando un coche lo arrolló. A causa de las lesiones le tuvieron que amputar el pie derecho. El muñón no quedó con la forma adecuada para poder llevar una prótesis. «Fueron los peores años de mi vida. Tuve una depresión brutal. Pasé de ser un niño normal a estar postrado en una cama dos años en los que sólo salía para ir al hospital a que me hicieran las curas», recuerda.

Estudiaba a distancia porque le horrorizaba la idea de que sus amigos le vieran sin pie. Incluso convenció a sus padres para que le cambiasen de colegio a uno en el que nadie le conociese. Ellos, para contentarle, le hicieron caso pero fue aún peor. «Sufrí un acoso escolar brutal. En aquella época no era como ahora, que el ‘bullying’ se ve mal y apoyan al que es acosado. ¡Madre mía, qué mal lo pasé! No voy a dar detalles porque no quiero dar pena», dice.

Se pasó casi dos años encerrado en su casa. «De los 14 a los 16 estuve en cama 720 días. Te aseguro que te da tiempo a pensar mucho», confiesa. Y entre esos pensamientos surgió el de reamputarse la pierna. «Total, ya me faltaba un trozo, me daba igual que me faltase un palmo más si eso mejoraba mi calidad de vida», explica. Decidió hacerlo al acabar el Bachillerato, justo antes de empezar la Universidad, para que le afectase lo menos posible a sus estudios. Entre la operación y la rehabilitación sabía que perdería un año.

El tiempo que había pasado encerrado también le había servido para informarse, a través de internet, de la mejor rehabilitación posible y descubrió las ventajas de los sacos de arena. «Y empecé a golpear el muñón contra uno, como hacen los guerreros del Muay Thai. Ellos golpean su tibia contra las palmeras para insensibilizarla y que no les duela. Yo hice lo mismo con el muñón. Empecé con cojines blandos, fui subiendo la dureza y acabé golpeando los sacos de arena hasta hacer callo en el muñón. Al final cubres los nervios del dolor y ya no te duele la pierna. Al año y medio no me dolía nada», rememora.

Estudió Ingeniería mecánica para fabricarse sus propias prótesis

Era hora de empezar a pensar en la prótesis. «Soy de una familia humilde y las prótesis eran muy caras. Busqué una carrera que me aportase los conocimientos para mejorar lo que ya existía en el mercado protésico y fabricar cosas nuevas que mejorasen la calidad de vida de la gente. Mi objetivo era que nadie tuviese que pasar por lo que yo he pasado durante los primeros años», asegura. Y empezó a estudiar Ingeniería mecánica.

En primero de carrera ya comenzó a idear y a dar forma a sus proyectos. Empezó haciendo encajes para las prótesis y para ello se investigó a sí mismo en 3D. Cuando los laboratorios de la Universidad estaban cerrados, pedía permisos para poder desarrollar sus productos. Para fabricar su primer encaje optó por plástico y no por la fibra de carbono, ya que le parecía un material muy rígido y que le rozaba. «Al ser tan rígido me hacía mucho daño cuando me cambiaba de volumen el muñón durante los primeros años. Por eso hice mi primer encaje de plástico, sabía que era un material más elástico», cuenta.

Se escaneó a sí mismo a la pata coja subido a un taburete

¿Y cómo lo hizo? Escaneó su muñón con un CAD/CAM, un software que se utiliza para diseñar y fabricar prototipos y se escaneó con la Kinect de la Xbox, la cámara que recoge los movimientos. Recogió de manera virtual la forma a través de un programa informático. «Lo hice subido a un taburete a la pata coja y con eso saqué la nube de puntos de la imagen que recoge el escáner, lo que es una reconstrucción en 3D. Esa reconstrucción la traté en el ordenador con un programa», explica con sencillez haciendo que lo difícil parezca fácil, casi cosa de niños.

A diferencia de un encaje normal, que es todo liso, el suyo parece lleno de bultos. «Aumenté los lugares donde el encaje no me hacía daño para liberar mis zonas sensibles y evitar molestias. Saqué un positivo en 3D, después un molde en yeso, empleé un plástico de juguete de los Lego que venden en láminas, lo metí en un horno en la Universidad, una vez ablandado lo coloqué encima del molde en yeso, ejercí vacío y con eso saqué mi primer encaje», cuenta orgulloso.

Poco después la boda de su hermano volvería a sacar su parte más creativa. «Quería ponerme un pantalón pitillo y que no se notase la prótesis. Me escaneé mi pierna izquierda, la invertí como si fuese la derecha y me imprimí en 3D una réplica exacta del gemelo. Me he creado varias fundas cosméticas de distintos colores: naranja, rojo, plateado… Está hecho con ABS (acrilonitrilo butadieno estireno, un tipo de plástico muy resistente)», explica quitándole importancia a un proceso que requiere no sólo de conocimientos sino de ingenio, además de inteligencia. Marín se ha especializado en materiales 3D en nylon, fibra de carbono, PLA (ácido poliláctico es un termoplástico biodegradable, hecho a base de recursos renovables) y ABS.

El mando de la PlayStation se ‘convirtió’ en un tobillo

Su siguiente proyecto fue un mecanismo de tobillo. Se le ocurrió un día viendo a su compañero de piso jugar a la PlayStation. «Me di cuenta de que un joystick funciona como un tobillo. Me compré un mando de la Play, lo desmonté, vi el mecanismo y lo fui modificando para crear uno que funcionara mecánicamente lo más similar a un tobillo». Ese invento llegó en tercero de carrera.

«Muchos amputados tienden a esconderse para que no les miren las prótesis. Yo soy muy consciente de que me falta una pierna, pero la discapacidad es una condición, no me define como persona. Soy amputado pero tengo muchas más cosas: soy deportista, ingeniero y hago mil cosas», dice Alejandro. En la actualidad compagina los entrenamientos de ambos deportes con su trabajo en una multinacional de fabricación a medida de metal, madera y plásticos. Su intención es trasladar todos estos conocimientos a las prótesis. «Mi sueño es abrir mi propia ortopedia en el futuro», confiesa.

Soy muy consciente de que me falta una pierna, pero la discapacidad es una condición, no me define como persona»

Alejandro Marín

Pero antes tiene otro sueño: participar algún día en unos Juegos Paralímpicos. Es más, le gustaría poder ir a los de verano en atletismo y a los de invierno en snowboard y seguir así la estela de otros paralímpicos nacionales que participaron en ambas ediciones como Magda Amo (seis medallas en esquí y dos en atletismo) o Juan Carlos Molina (bronce en ciclismo y tres medallas en esquí) «Cuando tienes una discapacidad el deporte es vida y se convierte en una parte fundamental de ella. He practicado de todo: escalada, descenso, BMX…», cuenta.

Tras la reamputación había vuelto al gimnasio con 20 años. Medía 1,85 pero pesaba sólo 55 kilos. «Daban ganas de darme un bocadillo», dice riendo. Descubrió por casualidad el street workout en un parque cerca del campus de Alcoy y acabó federándose como uno más. En las competiciones tenía que enfrentarse, uno contra uno, a gente sin discapacidad para ver quién hacía más dominadas, flexiones, etc. Para las dominadas se quitaba la prótesis «y la gente flipaba». Llegó a quedar segundo en una competición de resistencia. Al poco tiempo recibió la llamada del Comité Paralímpico Español y decidió probar el atletismo.

Compagina el atletismo con el snowboard

«El primer día en la cinta de correr con una prótesis de entrenar llegué a 27 km/h, que no es muy habitual. La sensación de volver a correr fue increíble, volví a sentirme ágil y funcional. Y cuando empecé a correr en la calle, recuerdo la sensación de sentir el viento en la cara«, rememora. Empezó a practicarlo en 2017 y en 2018 quedó campeón de España en salto de longitud y subcampeón de 100 y 200 metros. Se trasladó a entrenar a Madrid, pero la falta de ayudas acabó por llevarle de vuelta a casa.

En el snowboard empezó por su cuenta. «Realmente comencé porque me dijeron que no podía», recuerda. «Mis padres crearon una burbuja de protección total que me creó un montón de inseguridades. Era como si fuese un niño pequeño», relata. No encontró a monitores preparados para enseñar a un amputado, así que fue autodidacta a la fuerza. «Me pasé dos años en el suelo», resume riendo. Pero después de ese tiempo empezó a deslizarse y a bajar azules y rojas. Y ahora tiene el título de monitor en Grandvalira y dice que sus alumnos son los que más avanzan porque cuando le dicen que no pueden o estar cansados, les enseña la prótesis y a partir de ahí ya no hay excusas.

Se costea de su bolsillo las competiciones

Astrid Finabronce paralímpico en snowboard en Pyeongchang 2018, contactó con Alejandro por Instagram (@alejandromarinl) y le animó a hacer las pruebas de detección y seguimiento paralímpico en el Centro de Deportes de Invierno Adaptados (CDIA). Las hizo y, aunque tenía el nivel para poder entrar en él, poder formarse a diario en el Valle de Arán implicaba dejar su trabajo en Alicante y no se lo podía permitir. «El día de mañana voy a vivir de mi trabajo como ingeniero, no del deporte porque esto no es fútbol», dice. Y siguió en su trabajo, pero costeándose él los viajes para entrenar y competir.

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