El rugby trata de adaptar normas para ser menos agresivo y evitar lesiones

A principios de 2018 los médicos llegaron a saltar al campo con asistentes que portaban sábanas blancas para impedir que las cámaras grabasen imágenes de los conmocionados que impresionasen a los espectadores. La pasada temporada esa tendencia se recrudeció registrándose tres muertes en campos de rugby en Francia. Algo que ha provocado que muchos niños se hayan alejado del rugby en el país vecino. Así, el Comité departamental 64, que estos días celebra la Euro Basque Rugby Challenge con sus vecinos del otro lado del Bidasoa, ha visto cómo se reducían los equipos de Sub-14 de 22 a 12.

Preocupa, y mucho, la deriva física que ha tomado el rugby con la profesionalización de este deporte, que se produjo en 1995, tras la disputa del Mundial en el que el devastador Jonah Lomu deslumbró al mundo y el rugby estajanovista de la Sudáfrica de Mandela Pienaar conquistó el título en Ellis Park. Se van a cumplir 25 años del abandono del amateurismo, algo que en realidad en muchos países no ha ocurrido ya sea por convicción (los argentinos mantienen la condición amateur en su país) o por incapacidad económica (España se maneja entre el amateurismo y el pseudoprofesionalismo).

Prohibido placar por encima de la cintura

El aumento de las contusiones y los datos inquietantes que arrojan sus informes han provocado que World Rugby, la institución mundial que vela por el deporte oval (o debería hacerlo), se haya planteado poner en práctica la prohibición de placar por encima de la cintura. Una medida que no ha caído bien entre los millones de rugbiers que hay en el mundo, pero que es entendida e incluso justificada por entrenadores, médicos, formadores y dirigentes.

Según el informe que maneja World Rugby, la mitad de las lesiones de un partido de rugby y el 76% de las conmociones cerebrales se producen en acciones de placaje. Sufriendo el placador el 72% de las mismas. Al haberse aumentado el tiempo de juego real casi en diez minutos (ya pasa de 40), el número de placajes no solo ha crecido, sino que se ha triplicado respecto a los datos que arrojó el primer Mundial celebrado en Nueva Zelanda en 1987.

Los placajes cada vez van más arriba, tratando no solo de frenar la iniciativa ofensiva del rival, sino de bloquear además la posibilidad de descargar la pelota y mantener la continuidad de la jugada. Y es en esas acciones en las que el portador arrolla al placador, que se mantiene en pie para bloquearle, donde se producen muchas de estas lesiones y conmociones. De ahí la idea de experimentar obligando a placar por debajo de la cintura.

El adiós al rugby clásico

Entre los que son contrarios a esta norma se defiende que la deriva que lleva este deporte desde hace años está desvirtualizando el rugby clásico para convertirlo cada vez más en rugby XIII o rugby VII. La penalización de las fases estáticas, como la melé, y agrupamientos, como el maul, donde el espectador y las cámaras pierden de vista la pelota han provocado que el rugby pierda parte de su espíritu coral. Ahora, en nombre del dinamismo, se busca la espectacularidad de las fases a campo abierto, con los jugadores de pie y la pelota visible. Lo que confirma las sospechas de los ‘old school’ de que van a convertir el rugby XV en un deporte parecido al rugby VII.

Sin embargo, más allá de consideraciones estéticas o filosóficas, es una realidad incontestable que cada vez los impactos son más duros y el tamaño de los jugadores ha crecido notablemente. La norma, como todas las dinámicas que pone en funcionamiento World Rugby, se probará en un entorno reducido y controlado para realizar análisis cuantitativos y después sacar conclusiones tangibles. Si funciona y reduce el riesgo de lesiones y conmociones, será implantada más temprano que tarde en el rugby de primer nivel.

Lourdes Alameda (i) durante el España-Países Bajos de la final del Campeonato de Europa. (EFE)
Lourdes Alameda (i) durante el España-Países Bajos de la final del Campeonato de Europa. (EFE)

«Es bueno para el rugby»

Para Iñaki Laskurain, presidente de la federación vasca de rugby y un tercera fuerte como el vinagre en sus años de jugador, «la noticia es buena para nuestro rugby. Esto implica menos coscorrón y más circulación de balón sin pasar por el suelo. Menos conmociones y apostar por otra morfología de jugador que ofrezca más continuidad con gente más rápida y de menos peso. Y eso solo puede ser bueno. Porque hoy en día fichamos muchos jugadores por talla y peso que no aportan nada técnicamente a nuestros jugadores y a nuestras escuelas. A los jugadores de aquí esa apuesta por el dinamismo les favorece notablemente y además disminuye el riesgo físico, lo que nos ayuda a que sigan viniendo chavales a jugar sin que sus padres tengan miedo de que les ocurra algo. A menos lesiones, más practicantes. Está demostrado. La gente de rugby tenemos que ser conscientes que estamos en un entorno, el del deporte español, en el que no hay cultura de deportes de contacto. Y si queremos competir con otros deportes como fútbol, balonmano o piragüismo, debemos cuidar ese producto que ofrecemos y eso pasa por la seguridad. Para mí es una medida que beneficia al rugby por más que sea impopular para algunos».

El placaje por debajo de la cintura no es la única norma que probará World Rugby. La revisión de la tarjeta amarilla, que conlleva diez minutos de expulsión temporal, con opciones de convertirse en roja, y la obligación de amonestar a un equipo al alcanzar un número de golpes determinado son otras reglas que persiguen que los defensores se piensen las cosas antes de arriesgarse para robar un balón o bloquear a un rival. Pero, sin duda, la que más ha llamado la atención es el placaje por debajo de la cintura. Lo que para muchos significa el adiós al rugby tal y como lo conocíamos.

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